viernes, 21 de febrero de 2014

Dichoso teléfono

Hace tres semanas que le confiscamos el móvil a Judit. Aún no es capaz de gestionar algo tan “peligroso” y a la vez tan necesario en su (nuestro) entorno (el que nos hemos creado). Como temíamos, las comunicaciones que Judit hacía por WhatsApp eran de todo menos “inocentes”. Había que probar, y así lo hicimos; y con ello corríamos el riesgo de equivocarnos (aún no sé si realmente nos hemos equivocado) De momento está escondido; intentando olvidarnos de él a pesar del constante recuerdo al que nos somete diariamente Judit con su pregunta: ¿cuándo podré recuperar el móvil?
Es increíble lo importante que es para los jóvenes de ahora el móvil. Ha llegado a decirnos que le quitemos el internet y el saldo (5 miserables euros al mes…pero que dan para mucho; creedme) nos suplica que le devolvamos el móvil para que le puedan llamar sus amigas y poder escuchar música y jugar con juegos que se descargó en su momento. Nunca pensé decir esto: pero…  !cómo echo de menos el “mamotreco” de teléfono colgado en la pared del distribuidor que tenían mis padres en su casa y que carecía de toda intimidad familiar!

2 comentarios:

  1. Lo malo de los smartphones es eso, que tienen acceso a internet y si el pc en casa tiene que estar en una zona común para vigilarles, no sirve de nada cuando lo tienen en el móvil.
    Muchísima razón, hemos avanzado en muchas cosas, pero no se sabe si para bien.

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  2. Ay, cómo te entiendo, me fío tampoco de mi hijo de acogida en ese sentido que he tenido que cambiar la clave del wifi de casa. Aún sigue sin teléfono móvil y creo que por mucho tiempo, aunque sí me he planteado comprarle uno de esos baratos que no tienen nada más que para llamar, más que nada porque sí que lo echo a veces en falta para decirle alguna cosilla cuando está con algún amigo.
    Bueno, lo habéis intentado, pero es que estos niños están muy niños en algunas cosas y muy adultos en otras y eso es un cóctel mortal. Ya te contaré por privado si te interesa (me escribes si quieres) lo que me pasó a mí con una carta que ví de mi hijo de 12 años a su novia (que no me me gusta un pelo).

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